Un Nigeriano Libre

Hace unos años tomé un taxi desde Washington para asistir a una reunión en el cercano Estado de Maryland.

DC-TaxiEl taxista parecía subsahariano (Para que me entiendan: de piel muy oscura). Su taxi, aunque limpio, era como una pequeña oficina del Partido Republicano. Estaba lleno de pegatinas. Recuerdo una que me hizo gracia por su fino desdén hacia Clinton: “Four years without a President is enough: vote for.. .”.

En el camino entablamos conversación.

“¿De dónde es usted?”, preguntó al notar mi acento.

Tras mi respuesta, dijo con tono humilde:

“Yo sé mucho de su país. De su Rey, Juan Carlos. Y de su historia”.

Y sabía. Era nigeriano. Serio y amable. Había llegado a los Estados Unidos diez años antes.

Le pregunté si estaba contento en ese país. Respondió con seriedad.

“No me puedo quejar. He trabajado duro. Y me va bien”.

En sus palabras no había presunción ni queja. Se ofreció a esperarme para el camino de vuelta sin cobrarme más. Acepté, y mientras me alejaba del coche hacia el lugar de la reunión vi que abría un libro voluminoso.

En el camino de vuelta charlamos con la misma calma, y sentí no hacerlo tomando juntos un café. Tampoco pregunté su nombre.

Le hablé con cierta tristeza:

“¿Sabe? En España, no habría podido trabajar como taxista. Imposible. No le habrían dejado”

No habría podido trabajar de casi nada, pensé. No noté un gesto raro, ni me preguntó la razón. Quizá la conocía mejor que yo, pues imagino que sabía de otros nigerianos que en España no pueden trabajar legalmente.

Otro día escribiré lo que pienso de la sagrada libertad de viajar, residir, trabajar y vivir donde uno quiera o pueda, dentro del respeto a las personas, las leyes, las propiedades.

Hoy solo quiero recordar a aquel taxista. Estoy seguro de que está bien. De que ha seguido trabajando. Y leyendo. Quizá no entienda lo que ocurre en España. O quizá lo entienda mejor que muchos españoles.

Pero tengo la triste certeza de que ese taxista nigeriano que tanto leía, que tanto sabía sobre mi país y sobre otros lugares del mundo, en esta España en la que hablamos de solidaridad solo le habríamos dejado ser un pordiosero.

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