Villalobos está desnuda

Hace años, durante una conversación con un colaborador del entonces Presidente Aznar, pregunté cómo era posible que alguien tan serio hubiera nombrado Ministra a Celia Villalobos. Todos sabían -todos- que “la señora” era -¿cómo decirlo?- poco apta para el puesto.Celia-Villalobos-mjg

Mi amigo no negó la evidencia. Su explicación era que Aznar premiaba con el nombramiento la fidelidad en los “tiempos difíciles”.  Es decir, que Aznar, a la hora de seleccionar personal, era algo mucho peor que un desastre: un sentimental.

Hoy todos callan. En el Partido Popular – como en los demás- decir lo que se ve puede implicar perder el puesto. O la vida política. Como en “El Traje del Emperador”.

Es verdad que resultaría terrorífico -¿imaginan la estampida?- que un niño sincero y espontáneo gritase de pronto “¡Villalobos está desnuda!” No quiero pensarlo. Pero en el “caso Villalobos” el grito habría de ser otro. No más terrorífico, pero sí más problemático.

¿Qué gritaría el niño si viera a la Presidente del Congreso -lo era en ese momento- jugar al Candy Crush mientras hablaba el Presidente del Gobierno?

¿Qué gritaría el niño de ver a la millonaria política gritar e insultar a un compungido conductor?

¿Y qué gritarían los votantes del PP al ver a la señora de Arriola “echar” del partido a quienes se opusieran a la vigente Ley del Aborto?

Villalobos ha dicho hoy otra estupidez. Analizar su incultura, su cutrez, su clasismo y su nivel intelectual y moral o simplemente sus palabras es inútil Ella solo pretendía no perder la oportunidad de ejercer de progre – ¡ella! ¡la señora! – al criticar el secesionismo.

Con eso los del PP no se atreven. Decir que Franco no era nazi –menuda estupidez- podría parecer defenderle. Y, como dice mi madre, antes morir que perder la vida. Se calla ante la estupidez de la candymillonaria, que para distinguirse de los independentistas catalanes quiere enseñar a nuestros niños que Franco, ese nazi, obligó a los andaluces a largare a Cataluña para… bueno, para bien de Cataluña, o de los andaluces, o para mal de ambos, o vaya usted a saber para qué querría el nazi ese obligar a los andaluces a irse a Cataluña.

Es verdad que necesitaríamos un niño para gritar todas esas cosas. No por sincero o inocente, sino por inimputable. La sinceridad ante el espectáculo de Villalobos hablando – es un decir – podría implicar alguna demanda de protección al honor, en el mejor de los casos.

Permítanme, pues, no calificar a Villalobos, prócer que dignifica nuestra vida política con ímprobo trabajo, sutil capacidad de análisis y certeros juicios políticos. No soy un niño, por lo que tendría que responder si hablase de cutrez, clasismo, incultura, estupidez, prepotencia o cualquier otro término que alguien pudiera considerar excesivo. Por cualquier sinceridad, en definitiva.

Solo puedo armarme de valor y, sin miedo a las catastróficas consecuencias que en la población pudieran causar mis terroríficas palabras, llenar mis pulmones de aire y desesperación y gritar con todas mis fuerzas lo que gracias a Dios es falso pero todos podrán entender:

¡Villalobos está desnuda!

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