España (otra vez) en la encrucijada del PSOE

Esctiempos modernosribió Madariaga que una gran causa de la Guerra Civil fue la división interna en el PSOE.

Algo parecido concluyó Paul Johnson en su monumental Tiempos Modernos.

No es maldición, pero sí hecho constatable, que las contradicciones internas del Partido Socialista han sido frecuente y perniciosamente trasladadas a la sociedad española. Cuando Alfonso Guerra simulaba erudición declaró que el PSOE era el partido troncal de España porque ésta era como aquel. No era verdad, pero amenaza con terminar siéndolo.

El PSOE ha querido dejar el marxismo sin dejar de ser marxista; aceptar la bandera de España sin renunciar a la de la Segunda República, que lo fue solo durante cinco años;  respetar España y colaborar con quienes niegan su existencia; aceptar la democracia parlamentaria y negar legitimidad a todo Gobierno que no fuera de izquierdas.

Todo tiene una explicación, y también este complejo de hiperlegitimidad del PSOE. Cualquier socialista europeo se horrorizaría ante el discurso de un militarote como Castro o Chavez. Pero los socialistas españoles, racionalmente distanciados, se inflaman ante el populismo revolucionario. Cuando Chavez visitó España fue recibido con pasión. Y sienten envidia cuando escuchan discursos de personajes totalitarios como Monedero transfigurado en azote de basura derechista en pleno éxtasis de mesianismo chavista,

No pretendo que los males políticos que sufrimos sean por causa del Partido Socialista. La forma en que se diseñó la Transición fue una insensatez cuyas consecuencias letales eran cuestión de tiempo. Pero el PSOE ha contribuido a profundizar dichos problemas en aspectos como la brutal ingeniería social que ha convertido a Cataluña en un problema para los españoles, y, en particular, los catalanes.

Surge ahora un superficial y oportunista debate sobre la monarquía. Sería imposible que existiese en el seno del PSOE si no hubiese alimentado durante estos casi cuarenta años de democracia la ilusión por esa desgraciada República. Si hubiese terminado de aceptar como propias bandera, nación o patria en vez de hacerlo de forma vergonzante. Si hubiese declarado abiertamente – con una mínima cultura política – que monarquía o república, lejos de implicar más o menos democracia, son formas de Estado consecuencia de la tradición y los avatares históricos de una nación.

Los candidatos que aspiran a dirigir el PSOE carecen de la más mínima cultura política. Les queda el sectarismo  transmitido por sus mayores y la melancolía por una República que nunca fue y por un PSOE que empujó a España – intencionadamente – como escribió Largo Caballero – a una terrible Guerra Civil.

Vivimos tiempos distintos. Madinas o Chacones no pueden dar la puntilla a una nación para obtener una candidatura; negar a una patria para lograr un cargo; cortejar a un comunista confeso para recuperar la presunta poesia del radicalismo.

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