Por la libertad en Cataluña y en toda España

two wolves

“La democracia son dos lobos y un cordero votando qué cómer.” B. Franklin

Todos sabemos que la democracia sin límite – un gobierno de la mayoría en el que ésta puede legislar sin ningún límite – deriva en el peor de los totalitarismos.

Sin la existencia de una esfera de libertad individual que no pueda ser atacada y de los mecanismos legales que la hagan efectiva, la democracia se convierte en un perverso mecanismo por el que las mayorías se perpetúan reprimiendo cualquier factor que pudiera amenazar su predominio. Dichas mayorías son siempre manejadas por una élite que contenta a las masas mediante prebendas reales o simbólicas. Pero, aunque no existiese tal manipulación, la represión de la minoría por parte de la mayoría sería igual de ilegítima e indeseable.

Los ejemplos extremos – desde la Alemania Nacional Socialista hasta la Yugoslavia post-comunista – encubren otros que, sin matanzas y persecuciones, constituyen un proceso de eliminación de los derechos individuales y un camino al totalitarismo.

La mentalidad política de los españoles es, quizá, la más intervencionista de Europa Occidental. Los ciudadanos tienden a considerar que cualquier tarea que sea entendida como “buena” o conveniente” puede ser realizada legítimamente por el Estado. El hecho de que toda acción estatal sea siempre coactiva y requiera, para ser realizada, medios obtenidos coactivamente de todos los ciudadanos no parece importar.

Tal mentalidad justifica educar en unos valores u otros y fomentar las ideas mayoritariamente aceptadas, sin importar que ello impida o dificulte la libre conformación de la opinión que debe ser requisito de las decisiones democráticas.

En suma: una mayoría, manipulada o no por las élites dirigentes, pueden conformar una sociedad eliminando disidencias y estableciendo mecanismos que impidan cuestionar al poder político.

Éste es el drama de España. Se ha aceptado desde el primer momento del régimen de 1.978 que una Administración – nacional, regional o local – pueda acometer procesos de ingeniería social para “normalizar” lenguas, “construir” naciones o “integrar” ciudadanos.

Tras treinta años de uniformización lingüística e ideológica, dominio subvencionado de medios de comunicación, opresión organizada a quienes fomentaban valores incompatibles con los oficiales y propaganda de todo tipo encaminada a enemistar a los ciudadanos de Cataluña con los del resto de España, lo sorprendente es que aún sobreviva la disidencia – hoy solo ejercida seriamente por un grupo político – y “solo” la mitad de la población se diga dispuesta a votar por la independencia.

El daño es, quizá, irreparable. Pero permitir que la mayoría nacionalista culmine la tarea de proscribir o eliminar los aspectos de la realidad catalana que más le unen al resto de España es ser cómplice de un auténtico genocidio cultural cuyas víctimas son millones de personas que se rinden o son simplemente derrotadas por la coacción estatal.

Nunca se debió permitir que una administración procediera a una masiva ingeniería social. Nunca debió tolerarse que se impusieran o prohibieran lenguas en flagrante violación de los derechos individuales. Nunca se debió dejar que el dinero publico se emplease para “construir” una nación. Nunca debió quedar impune el gobernante que, siendo el primer obligado a cumplir la ley, la violó abiertamente para acercar su deseada nación.

Quizá sea tarde. Pero ello no exime a nuestros gobernantes de sus obligaciones. No se trata – ¡qué exceso! – de que sean patriotas. Basta que cumplan la ley.

Debe cesar el empleo de la coacción y el dinero públicos en la “construcción” de una nación y la consecución de un Estado. Debe cesar inmediatamente toda actuación de la administración contraria a las lenguas oficiales y reales de los ciudadanos de Cataluña, que son el castellano y el catalán. Debe aplicarse la ley a cuantas autoridades y empleados públicos la incumplan.

Comentaba hace dos días Plaza Moyúa en mi Blog que nuestros gobernantes creen tan poco en la libertad como los nacionalistas. Temo que acierte. Pero no podemos renunciar a exigirles que cumplan la ley y restauren la libertad en toda España. O a sustituirles por otros que sí quieran hacerlo.

La democracia, sí, son dos lobos y un cordero votando qué comer. Pero la libertad, escribió Franklin, es el cordero bien armado impugnando el resultado. Esa es la libertad a la que no podemos renunciar.

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